El dato que casi ningún venezolano conoce: él país es el décimo productor mundial de camarón cultivado

Casi nadie lo sabe: Venezuela exporta camarón a Francia, China y EE.UU., y es el 10° productor mundial.

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El dato que casi ningún venezolano conoce: él país es el décimo productor mundial de camarón cultivado
Photo by AM FL / Unsplash

Pregúntale a diez venezolanos en qué lugar del mundo se ubica su país en producción de camarón cultivado, y es probable que ninguno acierte. La respuesta, verificada por la propia Sociedad Venezolana de Acuicultura, sorprendería a la mayoría: Venezuela es, hoy, el décimo mayor productor mundial de camarón cultivado, con más de 60.000 toneladas exportadas en 2024, concentradas en su inmensa mayoría en un solo cuerpo de agua: la cuenca del Lago de Maracaibo.

Una industria que creció mientras nadie la miraba

Mientras la conversación pública venezolana se concentraba, con razón, en la crisis del petróleo, la escasez de alimentos básicos y el colapso de sectores tradicionales como la ganadería, la camaronicultura construyó, casi en silencio, uno de los pocos casos de crecimiento sostenido y liderado por el sector privado que puede exhibir la economía venezolana de los últimos cinco años. Según Eduardo Castillo, presidente de la Sociedad Venezolana de Acuicultura entre 2020 y 2025, el cultivo de camarón registró un crecimiento interanual del 20% durante ese período, alcanzando exportaciones sobre las 53.000 toneladas en 2023 y superando las 60.000 toneladas en 2024.

Ese crecimiento no ocurrió por casualidad geográfica únicamente. Requirió inversión en genética, en control sanitario, y en la capacidad logística para colocar un producto perecedero en mercados internacionales exigentes, algo que ninguna otra proteína animal venezolana ha logrado sostener con esa consistencia en los últimos años.

Adónde va el camarón venezolano

La geografía de las exportaciones es, en sí misma, una historia de diversificación de mercado poco común dentro del panorama exportador venezolano actual. Según Castillo, la mayor parte de la producción se dirige a Francia, Inglaterra, España, Países Bajos y distintos mercados asiáticos. Cerca del 20% de las exportaciones va específicamente a China, y entre un 10% y un 12% se dirige a Estados Unidos. Es decir: el camarón venezolano ya compite, con éxito, en algunos de los mercados de mariscos más exigentes y mejor pagados del planeta, sin depender de un solo comprador ni de una sola región.

Por qué esto importa más de lo que parece

La piscicultura y la acuicultura son, con frecuencia, mencionadas como una de las grandes oportunidades desaprovechadas de Venezuela: un país con la costa Caribe más extensa de la región, ríos y embalses todavía subexplotados, y condiciones climáticas favorables durante todo el año para el cultivo acuícola. El caso del camarón demuestra que esa oportunidad no es solo teórica. Ya existe, dentro de Venezuela, un ecosistema productivo capaz de competir a escala internacional en una categoría acuícola específica, con genética mejorada, protocolos de bioseguridad y capacidad exportadora consolidada.

La pregunta que este caso deja abierta no es si Venezuela puede desarrollar una industria acuícola competitiva —ya lo demostró, con el camarón, que sí puede—. La pregunta es por qué esa misma lógica de inversión, genética y control sanitario no se ha replicado todavía, con la misma intensidad, en tilapia, cachama, coporo o trucha, especies para las que el país también cuenta con condiciones naturales favorables y que hoy operan mayormente a escala artesanal o comunitaria, sin el mismo nivel de organización exportadora que logró el sector camaronero.

El Lago de Maracaibo suele aparecer en las noticias venezolanas asociado casi exclusivamente a la industria petrolera. El camarón cultivado en su cuenca cuenta una historia distinta: la de un sector que, lejos de los reflectores y sin depender del barril de petróleo, construyó una cadena de valor completa capaz de vender directamente a los paladares más exigentes de Europa y Asia. Si algo demuestra este caso, es que las oportunidades productivas de Venezuela no siempre están donde apunta la conversación pública. A veces están, literalmente, bajo el agua, esperando la misma atención e inversión que ya recibió el camarón.