El camarón venezolano ya compite con Ecuador y China. Le falta un último salto para el top 10 mundial
Mientras el país mira al petróleo, un cultivo casi artesanal ya compite con las potencias camaroneras del mundo.
Pregúntele a diez venezolanos en qué lugar del mundo se ubica su país en producción de camarón cultivado, y es probable que ninguno acierte siquiera el continente correcto. La respuesta sorprendería a la mayoría: en 2024, Venezuela exportó más de 60.000 toneladas de camarón, cultivadas en su inmensa mayoría en un solo cuerpo de agua, la cuenca del Lago de Maracaibo, y convirtió a este crustáceo en la sexta exportación más importante del país por valor, con 214 millones de dólares en 2023, según cifras recogidas por el medio El Estímulo a partir de un reportaje de Mongabay.
La pregunta que sí divide a las fuentes es otra: ¿cuánto le falta a Venezuela para entrar al selecto grupo de los diez mayores exportadores de camarón del planeta? Ahí es donde conviene mirar los números con más cuidado, porque no todos coinciden.
Una industria que creció mientras nadie la miraba
Mientras la conversación pública venezolana se concentraba, con razón, en la crisis petrolera, la escasez de alimentos básicos y el colapso de sectores tradicionales como la ganadería, la camaronicultura construyó, casi en silencio, uno de los pocos casos de crecimiento sostenido liderado por el sector privado que puede exhibir la economía venezolana en los últimos cinco años. Eduardo Castillo, quien presidió la Sociedad Venezolana de Acuicultura (SVA) entre 2020 y 2025, ha señalado que el cultivo de camarón registró un crecimiento interanual cercano al 20 % durante ese período, hasta alcanzar una producción anual de 65.000 toneladas, de las cuales 5.000 se destinan al consumo interno y el resto se exporta, de acuerdo con declaraciones recogidas por El Universal y Correo del Orinoco en abril de 2025.
Ese crecimiento no es casualidad geográfica únicamente. Requirió inversión en genética, en control sanitario y en la logística necesaria para colocar un producto perecedero en mercados internacionales exigentes, algo que ninguna otra proteína animal venezolana ha logrado sostener con esa consistencia en los últimos años. Y generó, según la propia SVA, entre 14.000 y 17.000 empleos directos, concentrados sobre todo en zonas rurales del Zulia y Falcón, donde las alternativas económicas son limitadas.
Los verdaderos gigantes del camarón
Aquí es donde el relato necesita contexto para no quedarse en la anécdota. Según una encuesta anual de la organización internacional Global Seafood Alliance, publicada en su plataforma Responsible Seafood Advocate, los cinco mayores productores mundiales de camarón cultivado son, en orden, Ecuador, China, India, Vietnam e Indonesia, y entre los cinco concentran aproximadamente 74 % de la producción global, estimada en 5,6 millones de toneladas métricas para 2023. Ecuador, el líder indiscutido desde hace más de una década, superó por sí solo el millón de toneladas anuales ya en 2022.
Comparada con esa escala, la producción venezolana —60.000 a 65.000 toneladas— equivale a menos de 2 % de lo que exporta Ecuador en solitario. La diferencia no resta mérito al crecimiento venezolano, pero sí ayuda a calibrar expectativas: entrar al top 10 mundial no depende únicamente de crecer, sino de superar a otros productores medianos que también están en movimiento, como México, Brasil, Tailandia, Bangladés o Arabia Saudita.
¿Top 10 o casi top 10? Lo que dicen las fuentes
En 2024, medios como Banca y Negocios y El Estímulo reportaron, citando a Fernando Villamizar, presidente de la Asociación de Productores de Camarón del Oeste, que una producción de 60.000 toneladas "posicionaría" a Venezuela entre los diez principales exportadores mundiales, en tono de proyección, no de hecho consumado. Un año más tarde, en abril de 2025, el propio Eduardo Castillo, ya como cifra cerrada, afirmó ante medios nacionales que Venezuela "ocupa el décimo lugar mundial" como exportador de camarón.
Sin embargo, los rastreadores independientes del sector cuentan una historia ligeramente distinta. Un análisis del banco holandés Rabobank, recogido por la plataforma de datos comerciales Tridge a comienzos de 2025, ubica a Venezuela como el cuarto productor de camarón de América Latina, por detrás de Ecuador, México y Brasil, cuya producción ya supera las 160.000 y 200.000 toneladas respectivamente. Si esos tres países latinoamericanos, más los cinco líderes asiáticos y algún productor asiático adicional como Tailandia, ya ocupan ocho o nueve puestos del ranking mundial, la aritmética sugiere que Venezuela está tocando la puerta del top 10, más que sentada ya en la mesa.
Esa distancia entre la cifra que reivindica la industria venezolana y la que registran los observadores internacionales no es motivo de descrédito: es, más bien, la métrica exacta de cuánto falta por recorrer, y una señal de que el sector tiene incentivos claros para seguir invirtiendo en genética, bioseguridad y capacidad exportadora antes de reclamar el puesto de forma indiscutida.
Adónde va el camarón venezolano
La geografía de las exportaciones es, en sí misma, una historia de diversificación poco común dentro del panorama exportador venezolano actual. Según cifras de la SVA, alrededor de 60 % de la producción se dirige al mercado europeo —Países Bajos, España, Francia e Inglaterra encabezan la lista—, mientras que cerca de 20 % llega a China y entre 10 % y 12 % a Estados Unidos. Es decir: el camarón venezolano ya compite, con éxito, en algunos de los mercados de mariscos mejor pagados del planeta, sin depender de un solo comprador ni de una sola región.
Por qué esto importa más de lo que parece
La acuicultura suele mencionarse como una de las grandes oportunidades desaprovechadas de Venezuela: un país con la costa Caribe más extensa de la región, ríos y embalses todavía subexplotados, y condiciones climáticas favorables durante todo el año. El caso del camarón demuestra que esa oportunidad no es solo teórica. Ya existe, dentro del país, un ecosistema productivo capaz de competir a escala internacional en una categoría acuícola específica, con genética mejorada, protocolos sanitarios y capacidad exportadora consolidada, aunque todavía a un orden de magnitud de distancia de Ecuador o de los grandes productores asiáticos.
La pregunta que este caso deja abierta no es si Venezuela puede desarrollar una industria acuícola competitiva —ya lo demostró, con el camarón, que puede—. La pregunta es por qué esa misma lógica de inversión, genética y control sanitario no se ha replicado todavía, con la misma intensidad, en tilapia, cachama, coporo o trucha, especies para las que el país también cuenta con condiciones naturales favorables y que hoy operan mayormente a escala artesanal, sin el nivel de organización exportadora que logró el sector camaronero.
El Lago de Maracaibo suele aparecer en las noticias venezolanas asociado casi exclusivamente a la industria petrolera. El camarón cultivado en su cuenca cuenta una historia distinta: la de un sector que, lejos de los reflectores y sin depender del barril de petróleo, construyó una cadena de valor capaz de vender directamente a los paladares más exigentes de Europa y Asia, y que hoy está a un tramo de distancia —no a un salto de fe— de sentarse, con cifras que nadie discuta, en la mesa de los diez grandes del camarón mundial.