De los anaqueles sin una sola marca a 438: el renacimiento silencioso del café venezolano
Hace pocos años había un solo café en el anaquel. Hoy 460 productores compiten por la Taza de Oro venezolana.
Entre 2016 y 2018, un venezolano que quisiera comprar café en un supermercado podía encontrarse con un anaquel casi vacío, o con una única marca disponible, sin posibilidad real de elegir. Fue la época en la que la escasez llegó a niveles que hoy cuesta explicarle a quien no la vivió: productos básicos que se conseguían por suerte, no por planificación de compra. Menos de una década después, en noviembre de 2025, más de 460 productores de 136 municipios cafetaleros del país se reunieron en Caracas para competir por la Taza de Oro del café de especialidad venezolano. El ganador fue Roney Antonio Durán Mejía, de la Hacienda "The Roros Coffee", en el estado Trujillo.
Lo que separa un café cualquiera de un café de especialidad
En el mercado internacional del café existe una frontera clara entre el café convencional —vendido a granel, sin trazabilidad de origen, mezclado entre múltiples fincas y calidades— y el café de especialidad, un segmento que exige puntuaciones mínimas de catación, trazabilidad completa hasta la finca de origen, y procesos de cultivo, cosecha y tueste cuidados en cada etapa. Ese segmento es, a nivel mundial, uno de los de mayor crecimiento y mejor margen dentro de toda la industria cafetalera, y es exactamente el nicho en el que Venezuela, pese a haber sido en algún momento el segundo productor mundial de café, prácticamente no tenía presencia reconocida hasta hace pocos años.
Reconstruir esa presencia no fue automático. Exigió que cientos de productores, muchos de ellos pequeños, empezaran a competir entre sí bajo estándares de catación profesional, con jurados nacionales e internacionales evaluando cada muestra con el mismo rigor que se aplicaría en cualquier feria cafetalera de Colombia o Costa Rica.
El Encuentro Internacional como termómetro del sector
El Encuentro Internacional de Café de Especialidad Venezolano (Eicev), en su cuarta edición en 2025, se ha convertido en el evento de referencia para medir ese proceso de reconstrucción. La edición de noviembre de 2025 recibió muestras de 420 productores, de los cuales 136 clasificaron para la fase final, provenientes de estados con tradición cafetalera como Mérida, Trujillo, Lara, Yaracuy, Táchira, Portuguesa, Miranda, Carabobo y Barinas. Ocho catadores nacionales y nueve internacionales evaluaron los cafés bajo protocolos de catación estandarizados internacionalmente.
Un dato que resume el tamaño del cambio: hoy existen más de 438 marcas de café registradas circulando en el mercado venezolano, frente a un período, apenas ocho o nueve años atrás, en el que conseguir una sola marca en un anaquel era motivo de celebración. Esa cifra —438 marcas donde antes casi no había ninguna— no es solo un dato de abastecimiento. Es evidencia de que se reconstruyó, desde cero, una cadena completa de pequeños tostadores, marcas independientes y proyectos de especialidad que antes de la crisis prácticamente no existían como categoría de negocio.
Una industria que vuelve a mirar hacia afuera
El café siempre fue, históricamente, la columna vertebral de la economía venezolana antes del petróleo, como se documentó en un ensayo anterior de este espacio sobre los antecedentes del sector agroalimentario. Verlo hoy reconstruirse desde el segmento de especialidad —el más exigente y el de mayor valor agregado del mercado global— tiene un simbolismo que va más allá del negocio cafetalero en sí mismo: es una industria que decidió no reconstruirse compitiendo por volumen y precio bajo, sino apostando directamente por calidad y trazabilidad, las mismas variables que hoy definen el consumo global de café en las cafeterías más exigentes de Europa, Asia y Estados Unidos.

Roney Antonio Durán Mejía no ganó la Taza de Oro 2025 por suerte ni por nostalgia hacia el pasado cafetalero del país. La ganó compitiendo, taza por taza, contra cientos de otros productores bajo estándares internacionales de catación. Esa es, quizás, la lección más útil de este renacimiento: Venezuela no necesita inventar de nuevo su vocación cafetalera, porque nunca la perdió del todo. Lo que necesitaba era que sus productores volvieran a tener el espacio, el mercado y el incentivo para competir con el mismo rigor que cualquier otro país cafetalero del mundo. Y, taza a taza, ya lo están haciendo.