El perfume que la ley por fin reconoció: la historia detrás del ají margariteño

Un fruto con siglos de fama en Margarita por fin tiene protección legal. El primer paso hacia su industrialización.

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El perfume que la ley por fin reconoció: la historia detrás del ají margariteño
Photo by José Casado / Unsplash

En cualquier parte del mundo donde compita con otros productos similares, hay un tipo de reconocimiento que ninguna estrategia de marketing puede comprar: que un gobierno certifique, por ley, que ese sabor solo puede venir de un lugar. Así funciona el champán, que legalmente solo puede llamarse así si nace en la región francesa de Champagne. Así funciona el parmesano, el tequila, el café de Colombia. Y así, desde 2024, funciona también el ají dulce margariteño.

La denominación de origen no es un capricho burocrático ni una etiqueta decorativa. Es un instrumento legal que protege tanto al consumidor como al productor: le garantiza al primero que lo que compra es auténtico, y le garantiza al segundo que nadie más puede apropiarse comercialmente del nombre de su territorio para vender algo distinto. En un mundo donde la falsificación de origen es una práctica comercial constante —desde el aceite de oliva hasta el café—, esa protección legal se ha vuelto, para muchas economías agrícolas pequeñas, la diferencia entre competir con dignidad o desaparecer diluidas en el anonimato de un anaquel genérico.

Un fruto que la isla lleva siglos cultivando

En Nueva Esparta, el ají dulce margariteño no es un ingrediente más: es, junto al tomate de la misma región, uno de los productos de la tierra más reconocidos en toda Venezuela por su calidad de sabor y textura, presente en platos emblemáticos como el pabellón margariteño. Su reputación se construyó durante generaciones, de forma orgánica, boca a boca, sin ningún tipo de protección legal que impidiera que otro productor, en cualquier otra región, empacara su propio ají y lo llamara "margariteño" para aprovechar esa fama ya construida.

Ese vacío legal —tan común en la agricultura tradicional venezolana— es exactamente lo que empezó a cerrarse en 2024. Después de gestiones organizadas por productores de varias zonas agrícolas de la isla, junto con agrónomos y biólogos preocupados por la preservación de las semillas auténticas, el Servicio Autónomo de Propiedad Intelectual (SAPI) otorgó al ají margariteño la Indicación Geográfica Protegida, el paso legal previo e indispensable antes de aspirar a la Denominación de Origen Controlada.

La frase que resume por qué esto importa

El chef y comunicador Sumito Estévez, durante una etapa emprendedora que vivió en Margarita, resumió el sentido profundo de esa protección con una frase que merece leerse completa: "El perfume de nuestro país, el perfume del Ají Dulce Margariteño, es un derecho colectivo. Si alguien desea sembrar ají dulce fuera de Margarita está más que en su derecho, solo pedimos que no lo llame margariteño".

Esa distinción —se puede cultivar el mismo tipo de planta en cualquier parte, pero solo se puede llamar "margariteño" al que efectivamente nace en esa tierra— es el corazón de cualquier denominación de origen en el mundo. No prohíbe la competencia. Protege la autenticidad.

Una Indicación Geográfica Protegida no es el final del camino, es el principio de uno mucho más largo. Con ese reconocimiento legal, el ají margariteño queda en condiciones de aspirar a algo que hasta ahora era impensable: convertirse en un producto industrializado con código de barras, capaz de salir de la venta fresca en los mercados locales y transformarse en salsas, conservas, y —como ya ha empezado a ocurrir de forma incipiente— licores artesanales elaborados específicamente con esta variedad. Cada uno de esos productos, respaldado por la denominación legal, puede aspirar a un anaquel de exportación con la misma seriedad con la que hoy compite el aceite de oliva protegido de una región española o el café protegido de una región colombiana.

El ají margariteño no necesitaba una campaña de marketing para ser reconocido dentro de Venezuela: ya lo era, desde hace generaciones. Lo que necesitaba era que la ley por fin respaldara lo que la tradición ya sabía. Ese es, quizás, el modelo a replicar en decenas de productos tradicionales venezolanos que hoy tienen fama regional pero ninguna protección legal que los convierta en marca exportable: el reconocimiento no crea la calidad, simplemente la pone, por fin, en condiciones de competir con las reglas del resto del mundo.