El Oso Polar y el Arte de Desafiar al Líder en el Escenario más Grande
Pepsi vuelve a desafiar a Coca-Cola en el Super Bowl, usando cultura, datos y humor para reactivar su ADN de marca retadora.
Hay batallas que no se libran por cuota de mercado, sino por significado cultural. La decisión de Pepsi de llevar de nuevo el Pepsi Challenge al Super Bowl no es solo una jugada publicitaria: es una declaración de identidad. Pepsi no quiere parecerse a Coca-Cola. Quiere recordarle al mercado —y a sí misma— que nació para cuestionarlo.
En un momento en el que las marcas suelen evitar el conflicto directo, Pepsi hace lo contrario: abraza su rol histórico de challenger y lo actualiza para una era dominada por datos, cultura pop y formatos híbridos de entretenimiento y educación. El resultado es un anuncio que no solo busca atención, sino reabrir una conversación que parecía cerrada.
El centro narrativo del spot es tan simple como provocador: un oso polar, figura icónica del imaginario publicitario de Coca-Cola desde hace décadas, participa en una prueba de sabor y elige Pepsi Zero Sugar. A partir de ahí, su mundo se desestabiliza. El oso entra en crisis, va a terapia y empieza a descubrir que hay otros como él.
No es casualidad. Al apropiarse de uno de los símbolos más reconocibles de su competidor, Pepsi no busca parodia barata, sino reinterpretación cultural. El mensaje no es “Coca-Cola está equivocada”, sino algo más sutil y potente: hasta los íconos pueden cambiar de opinión. En un mercado donde las marcas luchan por parecer inamovibles, Pepsi apuesta por lo contrario: el derecho a reconsiderar.
La dirección de Taika Waititi, con su humor incómodo y autoconsciente, refuerza esa lectura. Nada es solemne. Todo es juguetón, pero deliberado. Incluso la elección de “I Want To Break Free” de Queen funciona como subtexto: liberarse del hábito, del sesgo, del líder histórico.
El regreso de una idea antigua en un contexto nuevo
El Pepsi Challenge no es nuevo. Nació en 1975 como una prueba casi científica: vasos anónimos, sin marca, sin relato. Gana quien sabe mejor. Durante décadas fue una de las estrategias más agresivas del marketing moderno porque atacaba el corazón del liderazgo de Coca-Cola: el sabor.
Traerla de vuelta hoy no es nostalgia. Es relectura estratégica. En 2025, Pepsi ya había reactivado el concepto con giras físicas de pruebas de sabor. En 2026, lo lleva al Super Bowl y lo convierte en espectáculo narrativo. La prueba ya no es solo sensorial, es cultural. Ya no basta con decir “sabe mejor”; ahora hay que contar qué significa elegir distinto.
Los números respaldan la audacia. Pepsi Zero Sugar sigue siendo más pequeña que Coke Zero en cuota total, pero crece mucho más rápido. El diferencial no está solo en el producto, sino en la narrativa: Pepsi Zero Sugar se presenta como el motor de crecimiento, el espacio donde la marca puede volver a ser relevante sin traicionar su ADN.
Aquí aparece una lección clave para cualquier marca desafiante: los datos por sí solos no cambian percepciones. Necesitan ser dramatizados, traducidos en historia, encarnados en símbolos. El oso polar no es un chiste: es una visualización emocional de un porcentaje.
La campaña no termina en el anuncio. Pepsi extiende el concepto a social, out-of-home, creadores, podcasts y activaciones físicas. Habla explícitamente de edutainment: educar mientras se entretiene. No imponer conclusiones, sino invitar a probar, comparar, decidir.
En un entorno saturado de mensajes, esta aproximación es inteligente porque respeta al consumidor. No le dice qué pensar, le da herramientas para reconsiderar. En tiempos de desconfianza hacia las marcas, ese gesto no es menor.
Quizás lo más interesante del movimiento de Pepsi no sea el anuncio en sí, sino la claridad estratégica detrás. En lugar de intentar parecer líder, Pepsi acepta su lugar de retador y lo convierte en ventaja. Se permite ser irreverente, comparativa, incluso incómoda.
No todas las marcas pueden —ni deben— hacer esto. Pero las que compiten contra gigantes suelen cometer el mismo error: jugar al mismo juego del líder. Pepsi hace lo contrario. Cambia el tablero simbólico.
El Super Bowl es el escenario más caro y más visible del marketing global. Usarlo para decir “somos distintos” requiere algo más que presupuesto: requiere convicción estratégica. Pepsi no solo compró un espacio; compró una conversación que llevaba años esperando ser reactivada.
En un mundo donde muchas marcas buscan agradar a todos, Pepsi elige algo más arriesgado y, a veces, más efectivo: tomar partido por su propia identidad. Y recordar que, incluso frente a un líder histórico, desafiar sigue siendo una forma legítima —y necesaria— de crecer.
Porque al final, las marcas que dejan huella no son las que siempre ganan.
Son las que se atreven a volver a preguntar.