Diez miradas que me enseñaron a ver la comida
Aprende a mirar la comida a través de la fotografía: oficio, cultura y pensamiento visual en diez miradas que marcaran tu forma de ver.
Siempre quise entender por qué algunas imágenes me obligaban a detenerme. Por qué ciertas fotos de comida no solo despertaban hambre, sino que decían algo más profundo: del oficio, del tiempo, de la cultura… de la persona que estaba detrás de la cámara.
Este texto no es un ranking. Es un recorrido personal. Un mapa de influencias que se fue formando sin plan, entre aulas y cocinas, entre producto industrial y alta gastronomía. Todos ellos, de maneras distintas, me enseñaron a mirar antes de juzgar.
La fotografía de alimentos no nació como arte ni como expresión personal. Nació por necesidad. A finales del siglo XIX y principios del XX, con el auge de la prensa ilustrada, los catálogos comerciales y luego la publicidad impresa, la comida empezó a necesitar representación visual. No para emocionar, sino para explicar, vender y estandarizar.
Durante décadas, el objetivo fue claro: mostrar el producto “perfecto”, controlado, repetible. La comida se fotografiaba como objeto, no como experiencia. Fue recién a partir de la segunda mitad del siglo XX —con la influencia de la fotografía editorial, el diseño gráfico y la cultura visual— cuando el alimento empezó a ser algo más que mercancía: empezó a ser lenguaje.
Ahí aparece una bifurcación clave:
- la fotografía de alimentos como documento técnico,
- y la fotografía de alimentos como relato cultural.
Como cocinero, ese cruce fue fundamental para mí. Porque entendí que cocinar y fotografiar comida no estaban tan lejos: ambos son decisiones, ambos son discurso.
Yo llegué a la cocina desde el hacer. Desde el fuego, el punto, la repetición, el error. Durante mucho tiempo entendí la cocina como ejecución correcta. El plato estaba bien o mal. Funcionaba o no funcionaba.
No pensaba todavía en la cocina como una idea, ni en el plato como un mensaje. Eso vino después. Y curiosamente, no vino primero desde otro cocinero, sino desde la fotografía.
1. Egon Koopmans — El origen del oficio



Todo empieza aquí. Egon fue quien me dio clases en Avecofa. Un fotógrafo mayor, serio, preciso. Sin romanticismos. Sin discursos grandilocuentes. Con una idea muy clara: el producto manda.
Con él entendí que fotografiar alimentos es, antes que nada, respetarlos. Que no se trata de adornar, sino de comprender qué se está mostrando, para quién y para qué. Luz correcta. Ángulo correcto. Nada de engañar al ojo.
Egon no me enseñó estilo. Me enseñó criterio. Y con los años entendí que eso es lo más difícil de adquirir.
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2. Francesc Guillamet — Cuando la comida piensa



Mucho después descubrí su trabajo en El Bulli. Y ahí ocurrió algo distinto. Entendí que la comida podía ser concepto. Silencio. Vacío. Precisión quirúrgica.
Guillamet no fotografía platos para que se vean ricos. Los fotografía para que se entiendan. Para que incomoden, cuestionen, obliguen a detenerse.
A través de su mirada entendí El Bulli no como restaurante, sino como pensamiento culinario. Como cocinero, fue una revelación: la técnica no era el fin, era el medio.
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3. Andrew Scrivani — La vida alrededor del plato



Scrivani fue un descubrimiento más emocional. Su trabajo para The New York Times Cooking me mostró algo esencial: la comida vive en la mesa, no en el set.
Platos imperfectos, migas, gestos humanos. Fotos que parecen respirarse. Con él entendí que lo cotidiano también puede ser editorial, y que la honestidad visual genera confianza.
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4. Irving Penn — Aprender a decidir qué no mostrar



Penn no es fotógrafo de alimentos en el sentido moderno, pero sin él nada de esto existiría. Su uso del vacío, del aislamiento, de la composición mínima, me enseñó algo clave: encuadrar es elegir.
De Penn aprendí que una imagen dice tanto por lo que muestra como por lo que excluye. Y que la austeridad puede ser profundamente poderosa.
5. David Loftus — La emoción sin artificio



Loftus me ayudó a reconciliar dos mundos: el editorial y el comercial. Su trabajo con Jamie Oliver devolvió la cocina a un lugar humano, cercano, imperfecto.
Aquí entendí que la emoción no está reñida con la técnica, y que una imagen puede ser aspiracional sin ser falsa.
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6. Jonathan Gregson — Cuando la comida se vuelve relato



Con Gregson entendí que la comida puede ser narrativa cinematográfica. Movimiento, tensión, atmósfera. No es el plato: es lo que ocurre alrededor.
Me enseñó a pensar en secuencias, no en imágenes aisladas.
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7. Chema Madoz — Cuando el alimento se convierte en pensamiento



Chema Madoz no es un fotógrafo gastronómico en el sentido tradicional. Y precisamente por eso es tan importante. Su trabajo con objetos cotidianos —muchas veces alimentos o elementos vinculados a la mesa— transformó lo ordinario en concepto visual.
A través de su mirada entendí que la comida no siempre necesita ser apetecible para ser poderosa. Puede ser metáfora, pregunta, ironía, silencio. Madoz me enseñó que la fotografía no está obligada a explicar, y que el alimento puede existir como símbolo antes que como objeto de consumo.
Como cocinero, su obra me ayudó a pensar el plato no solo desde el sabor o la técnica, sino desde la idea que lo sostiene. A veces, lo más potente no es lo que se añade, sino lo que se sugiere.
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8. Gentl & Hyers — Sentir antes que explicar



Con ellos descubrí una fotografía más atmosférica, lenta, sensorial. Texturas, naturaleza, tiempo. No todo está dicho explícitamente.
Aprendí que algunas imágenes no están hechas para entenderse rápido, sino para quedarse.
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9. Carl Warner — La imaginación como alimento



Warner me recordó el juego. La fantasía. La comida como paisaje, como metáfora, como infancia.
Entendí que la creatividad no invalida el respeto por el producto. Puede ser otra forma de honrarlo.
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10. Las miradas actuales: seguir aprendiendo
No cierro con un nombre, sino con una generación. Fotógrafos contemporáneos que mezclan redes sociales, luz natural, imperfección y narrativa. Algunos vienen del cine, otros del editorial, otros de Instagram.
Ellos me recuerdan algo esencial: el lenguaje sigue cambiando. Y uno no se inspira para copiar, sino para seguir buscando.
Como cocinero, entendí tarde que cocinar no termina en el plato. Continúa en cómo se cuenta, cómo se muestra, cómo se mira. Y en ese camino, la fotografía fue una maestra silenciosa.
Desde Egon en un aula hasta Guillamet en El Bulli, todos me enseñaron lo mismo:
que la comida no siempre está hecha para gustar rápido, sino para decir algo que valga la pena escuchar.